Mirarla dolía... y es cierto, pero no era solo eso. Quemaba, ardía y extasiaba. Una mezcla de emociones indómitas que no hacían más que elevarme a un lugar extraño con un calor acogedor. Tus ojos brillaban, y qué mejor forma de entender que no se trataba de una sensación vulgar que con el brillo de una primer mirada. Eran de esas emociones que te hacen escribir y fantasear y sonrojarte.
A medida que crecemos conocemos gente; tenemos relaciones, las conversaciones pasan a un segundo plano y, simplemente, buscamos diversión. Salimos para pasar el rato convenciéndonos que la vida es algo más que obligaciones y rutina. Y quizá, esos nervios que sentimos antes de vernos con alguien, sea la misma vida que nos está gritando. Nos vocifera que en las cosas pequeñas y cotidianas se esconde un mundo paralelo que, por costumbre (y que fea es la costumbre), creemos que no vale la pena recaer en él. Los atardeceres, las estrellas, tirarse en el pasto, caminar bajo la lluvia, el brío y todo lo demás. Quizá sea ese café que no es café si no charla, ese que es humo y risas y anécdotas. Quizá no sea el café si no la taza, la silla que cruje y la música que adorna las risas. Quizá la vida sean los ojos y la costumbre nuestra pausa.
Puede también que el primer beso no se de con la boca sino con la mirada y era por eso dolía tanto. Este beso quemaba e inundaba de placer el alma, elevándome y dejándome caer abruptamente haciéndome entender que no eran necesarias las palabras para que encienda una vela y te espere con la puerta abierta.
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